Historia de Terror: AHORA VEO
Durante una intervención rutinaria en el fondo del océano, una falla inexplicable en un cable submarino lleva al buzo técnico Martín Rivas a enfrentarse con algo que no debería existir. Desde la sala de comunicaciones, Eduardo escucha cómo la estática se convierte en voces, la oscuridad empieza a observarlos y una presencia imposible revela su verdadero horror: no quiere atacar… quiere ver.
TERROR PARANORMAL
J.P. Palacios
6/24/202611 min read


AHORA VEO
Por J.P. Palacios para Archivo 1958.
Nunca he vuelto a mirar el mar de la misma manera. Antes de aquella noche, para mí era una extensión inmensa, sí, pero explicable: presión, corrientes, oscuridad, fauna, sedimento, cables, metal, protocolos. Todo tenía nombre. Todo podía meterse en un informe, en una bitácora, en una tabla de riesgo. Después de lo de Martín entendí que nombrar las cosas no significa comprenderlas. El océano no es un lugar vacío entre continentes. Es una boca cerrada. Y nosotros, con nuestras lámparas, nuestros trajes presurizados y nuestras cámaras, apenas alumbramos la saliva entre sus dientes.
Mi nombre es Eduardo Salinas. La madrugada del 17 de noviembre yo estaba a cargo de comunicaciones en la plataforma técnica Altair-3, una estación de mantenimiento submarino instalada a ciento veinte kilómetros de la costa. Nuestra labor era aburrida la mayor parte del tiempo, que es exactamente como uno quiere que sea ese trabajo. Supervisábamos líneas de alimentación, nodos de datos, fibra óptica y ductos secundarios que cruzaban el lecho marino como venas artificiales. Esa noche se registró una caída intermitente de energía en el tramo B-17, seguida de una pérdida parcial de señal en el cable de comunicaciones que alimentaba dos estaciones de monitoreo. En términos simples: algo había dañado el cable, pero no lo había cortado por completo. Eso era lo raro.
Cuando un cable submarino falla, casi siempre hay patrones. Arrastre de ancla, mordida de maquinaria, presión irregular del terreno, corrosión en empalmes viejos, incluso actividad sísmica menor. Pero el B-17 no mostraba nada de eso. La lectura indicaba una ruptura interna, como si las fibras hubieran sido separadas desde adentro hacia afuera. El recubrimiento exterior permanecía casi intacto, aunque deformado en tres puntos. Nuestra tarea era enviar a un buzo técnico para inspección directa, confirmar el daño, instalar un puente temporal de señal y marcar el tramo para extracción posterior. No era una reparación completa. Era una intervención de contención.
Martín Rivas era el indicado para hacerlo. Tenía dieciséis años de experiencia, más horas bajo el agua de las que cualquiera de nosotros quería contar y una calma que, en ese oficio, valía más que cualquier certificación. Descendió a las 00:42 en traje atmosférico, sujeto a línea umbilical, con enlace de voz, cámara frontal, sensores biométricos y paquete de herramientas. Yo era su voz arriba. Yo escuchaba su respiración. Yo veía, desde una pantalla azulada y granulosa, lo poco que su lámpara permitía ver.
—Comunicación estable —dije.
—Te escucho, Eduardo —respondió él—. Visibilidad pobre. Mucho sedimento en suspensión.
—Recibido. Mantén descenso controlado. El tramo debe estar a veintisiete metros al norte de tu posición actual.
Martín avanzó siguiendo el cable guía. La cámara mostraba un mundo sin profundidad. La luz del casco abría un círculo pálido sobre el fondo, y fuera de ese círculo todo era una masa verde oscura, casi negra. A esa profundidad, la noche no existe porque nunca hubo día. Solo hay presión, frío y una oscuridad que parece tener peso.
Encontró el cable a la 01:03. Lo reconocí antes de que lo reportara: una línea gruesa, cubierta de una película de limo, medio enterrada en el sedimento. Martín se arrodilló junto al tramo afectado y pasó la mano enguantada sobre la deformación.
—Aquí está la falla —dijo—. No parece impacto externo.
—¿Puedes confirmar daño de cubierta?
—Negativo. La cubierta está abierta, pero no rota como debería. Es… extraño.
—Define extraño.
Hubo una pausa. Escuché su respiración llenando el canal.
—Como si algo hubiera empujado desde dentro.
Tomé nota. En ese momento todavía era una rareza técnica, no una advertencia. Le indiqué que desplegara el puente de señal. Primero debía limpiar el área con aire comprimido, asegurar dos mordazas al cable sano, cortar el segmento inestable de fibra expuesta y montar el acoplador temporal. Era una maniobra delicada, pero común. El problema era la visibilidad. La lámpara del casco apenas alcanzaba cinco o seis metros antes de disolverse en partículas.
A la 01:11 escuchamos la primera interferencia.
No fue estática común. La estática suena como lluvia, como aceite hirviendo, como arena contra metal. Esto sonó casi vocal. Un murmullo bajo, arrastrado, mezclado con el zumbido del canal.
—Central, tengo ruido en comunicación —dijo Martín.
—Lo veo en el monitor. Mantén línea abierta.
—No es ruido normal.
—¿Repites?
—Parece una voz.
Miré a Laura, la operadora de sistemas, que estaba a mi izquierda. Ella negó con la cabeza antes de que yo preguntara. No había tráfico cruzado. No había otra frecuencia entrando. No había señal externa registrada.
—Debe ser rebote del cable dañado —le dije a Martín—. Continúa con procedimiento.
Él no contestó de inmediato. La cámara se quedó fija en el cable. Luego giró lentamente hacia la oscuridad.
—Eduardo, tengo movimiento al oeste.
Aumenté contraste en la pantalla. No vi nada. Solo sedimento flotando y una sombra demasiado amplia para distinguirse del agua.
—No tengo visual —dije.
—Está lejos. Arriba del lecho. Parece… una medusa.
Laura se inclinó hacia mi monitor. Durante un instante la cámara captó algo suspendido al fondo, una masa pálida, enorme, casi transparente. Se movía con una lentitud que la hacía parecer inofensiva, como una bolsa de plástico arrastrada por una corriente invisible. Yo tampoco le di importancia. En esas zonas podían aparecer organismos gelatinosos de gran tamaño, colonias, sifonóforos, cosas que vistas a medias parecen más monstruosas de lo que son.
—Ignórala —le dije—. Mientras no se aproxime a tu línea, continúa.
—Recibido.
Martín volvió al cable, pero su pulso subió. Lo vi en la lectura biométrica. No mucho. Lo suficiente para notarlo.
A la 01:18 la interferencia regresó.
Esta vez no fue un murmullo. Fue una sucesión de sílabas rotas, como alguien intentando hablar a través de agua. Martín dejó de ajustar la mordaza.
—¿Escuchaste eso?
—Sí —mentí parcialmente. Había oído algo, pero mi cerebro se negaba a tratarlo como voz.
—Dijo mi nombre.
El cuarto de comunicaciones quedó en silencio. Laura dejó de teclear.
—Martín, concéntrate en mi voz —le dije—. Puede ser pareidolia auditiva por estrés y ruido de canal.
—No estoy estresado.
—Tu pulso dice otra cosa.
—Mi pulso dice que hay algo ahí abajo hablándome.
La lámpara del casco volvió a girar hacia la oscuridad. La masa lejana seguía allí. O eso creímos. Era difícil saberlo porque su forma parecía mezclarse con el agua. Martín intentó iluminarla mejor, pero el haz se perdía antes de alcanzarla.
Entonces pedí autorización para usar el Protocolo Helios. El Protocolo Helios no era un protocolo de emergencia mayor, sino un procedimiento de iluminación profunda para inspección en aguas con baja visibilidad. El traje de Martín llevaba un módulo llamado Lanza Helios, una fuente de luz de espectro ampliado capaz de emitir un pulso brutal, blanco y limpio, que durante siete segundos convertía el fondo marino en un escenario quirúrgico. El problema era el consumo. Después de cada descarga, el capacitor necesitaba diez minutos completos para recargarse. Usarlo antes podía quemar el módulo o drenar energía de sistemas secundarios del traje.
—Martín, prepara Helios —le indiqué—. Pulso único a mi marca. No lo dirijas al cable. Barrido al oeste.
—Preparando.
En pantalla apareció el indicador de carga. Ochenta y siete por ciento. Noventa y cuatro. Cien.
—Ahora.
La luz estalló desde su hombro como un relámpago contenido. Durante siete segundos vimos el fondo completo: rocas, sedimento, restos oxidados de una estructura vieja y, muy lejos, suspendida a quizá treinta metros de distancia, la cosa que Martín había llamado medusa.
Era grande. Demasiado grande. No nadaba, colgaba. Un racimo de esferas transparentes unidas por membranas lechosas, como vejigas vivas, como huevos blandos dentro de una telaraña. Tenía filamentos largos que se elevaban y caían con la corriente. En aquel primer destello no vimos los ojos. O tal vez sí, pero la mente nos protegió al no reconocerlos.
La oscuridad volvió.
—Eso no es una medusa —dijo Laura en voz baja.
Yo no respondí. Mi trabajo era mantener la calma de Martín.
—Se mantiene a distancia —dije—. Continúa con la instalación. Próximo pulso Helios en diez minutos.
—Eduardo…
—Te escucho.
—La voz viene de ahí.
A partir de ese momento todo se deterioró de manera lenta, insoportable. Martín intentó seguir el procedimiento, pero cada minuto se detenía. Decía que escuchaba palabras metidas debajo de la interferencia. A veces aseguraba que era mi voz. A veces la de una mujer. A veces la de un niño. Ninguna transmisión quedó limpia en la grabación; solo se oyen ruidos, fragmentos húmedos, golpes de baja frecuencia. Pero yo recuerdo haber sentido algo en los audífonos. No palabras. Intención. Como si alguien estuviera presionando desde el otro lado del canal, aprendiendo la forma de nuestro lenguaje con los dedos.
A la 01:29 el módulo Helios completó recarga.
—Segundo pulso autorizado —dije—. Martín, al oeste otra vez.
No contestó.
—Martín.
Su cámara estaba fija. El cable aparecía en primer plano, pero al fondo había una sombra nueva.
—Está más cerca —susurró.
—Pulso Helios. Ahora.
La luz volvió.
Esta vez la vimos bien.
La cosa estaba a menos de diez metros.
Ocupaba casi todo el campo visual. No era una sola criatura, o quizá sí, pero compuesta de decenas, cientos de esferas translúcidas pegadas entre sí. Algunas eran del tamaño de una mano. Otras del tamaño de una cabeza humana. Dentro de cada esfera había un ojo. No puntos negros. No manchas. Ojos humanos. Iris oscuros, iris claros, pupilas dilatadas, venas finas, párpados incompletos flotando como velos. Todos abiertos. Todos mirando a Martín.
Laura gritó. Yo me quité un audífono por reflejo, como si alejar el sonido pudiera alejar la imagen.
La luz se apagó.
En la oscuridad, Martín empezó a respirar demasiado rápido.
—Retírate —ordené—. Abandona herramienta. Regresa por línea guía.
—Me está mirando.
—Martín, retírate ahora.
—No mira la cámara, Eduardo. Me mira a mí.
En ese punto activé extracción asistida, pero la línea umbilical registró tensión irregular. Algo la estaba tocando. No jalando con fuerza; apenas rozándola, como un dedo curioso probando una cuerda.
—Control, necesito apoyo de ROV —dije.
El supervisor autorizó despliegue del Nautilus-4, nuestro vehículo operado remotamente. El ROV tardaría minutos en llegar a la posición de Martín, quizá demasiados. Mientras tanto yo seguí hablándole. Le dije que respirara. Le dije que no apagara la lámpara. Le dije que siguiera la línea. Mentí mucho. Uno miente cuando la verdad no sirve.
A la 01:34 la comunicación se llenó de voces acompañadas de una interferencia perturbadora.
No puedo explicarlo de otra forma. Voces superpuestas, algunas graves, otras infantiles, algunas parecidas a compañeros muertos que Martín no pudo haber conocido. Entre todas, una voz imitó la mía con una precisión espantosa.
—Martín, abre el casco —dijo.
Sentí la sangre helarse en mis manos.
—Eso no fui yo —grité—. Martín, no abras nada. Repite conmigo: no abrir casco.
—No abrir casco —dijo él, pero su voz sonó débil.
—Mira la línea guía. Solo la línea guía.
—Hay ojos en la luz.
—No mires.
—Están dentro de la luz.
La cámara se sacudió. Vimos membranas pálidas pasar frente al visor, tan cerca que por un segundo la pantalla se volvió blanca. Luego apareció un ojo enorme, deformado por el vidrio del casco. No estaba afuera del todo. Parecía pegado al visor, estudiándolo.
Martín lloraba. Eso fue lo peor. No los gritos. No la estática. Su llanto. Un hombre entrenado para no quebrarse bajo toneladas de agua, reducido a un niño que suplicaba sin saber a quién.
—Dice que sabe quién soy —murmuró.
—No escuches.
—Dice que quiere ver con los míos, con mis ojos.
La señal biométrica se disparó. Ritmo cardíaco crítico. Oxígeno consumiéndose demasiado rápido. Temperatura del traje descendiendo.
—Nautilus-4 a treinta metros —dijo Laura.
En la pantalla secundaria apareció la cámara del ROV, acercándose desde el este. Su imagen era más estable, más amplia. Durante unos segundos vimos el traje de Martín de espaldas, rígido, rodeado por filamentos transparentes que flotaban alrededor de él sin tocarlo del todo. Frente a él, la masa de ojos se abría lentamente. No se acercaba como un animal. Se desplegaba como una flor de proporciones colosales.
—Martín, el ROV está contigo —dije—. Retrocede hacia la luz.
Pero él no se movió. La cosa sí.
Uno de sus filamentos se extendió hasta el casco. Era fino, casi invisible, con una punta bulbosa. Tocó el vidrio. La cámara del traje falló. La imagen saltó, se llenó de líneas verdes. La última toma clara mostró a Martín levantando ambas manos, no para defenderse, sino para cubrirse los ojos. Después perdimos su señal.
No fue una desconexión normal. Primero se fue la cámara. Luego la telemetría. Luego el audio quedó abierto, aunque muerto. Durante once segundos escuchamos agua, respiración y algo más: un sonido blando, como algo siendo abierto bajo presión.
A las 01:37 el canal se cortó.
El ROV llegó al punto exacto a las 01:39. No encontró a Martín. Encontró su traje.
Estaba de pie sobre el lecho marino, vacío, con el casco abierto.
Eso era imposible por muchas razones. El cierre de seguridad no podía liberarse desde afuera sin herramientas específicas. La presión habría convertido cualquier apertura en una sentencia instantánea. No había signos de explosión, ni daño severo, ni sangre visible. Solo el traje, inmóvil, ligeramente inclinado, como una armadura abandonada.
La criatura ya no estaba.
Pasamos las siguientes cinco horas buscándolo. Desplegamos dos ROV adicionales, barrimos el área con sonar de corto alcance y ampliamos el radio conforme las corrientes lo permitían. Nadie hablaba de rescate. No oficialmente. No después de ver el casco abierto. Pero tampoco nos atrevíamos a decir recuperación. Había una parte absurda de nosotros esperando encontrarlo vivo, aferrado a alguna estructura, protegido por algún milagro técnico que ninguno podía explicar.
Lo encontramos a las 06:52.
El Nautilus-2 lo detectó flotando a casi ochocientos metros del punto de pérdida, suspendido a tres metros del fondo. Martín estaba desnudo. No tenía el traje, ni arnés, ni botas, ni equipo. Su piel estaba pálida, hinchada apenas por la presión, pero no destrozada como debería haber estado. No presentaba mordidas. No presentaba cortes profundos. No había señales de ataque animal convencional.
Solo le faltaban los ojos.
Las cuencas estaban vacías, limpias, abiertas con una precisión que todavía me despierta por las noches. No parecía que se los hubieran arrancado. Parecía que alguien los hubiera retirado con cuidado, como piezas valiosas, como si lo demás del cuerpo no importara.
El informe oficial habló de accidente por desorientación, apertura indebida del casco, pérdida del cuerpo y daño post mortem por fauna marina. Yo firmé ese informe. Todos lo firmamos. La empresa necesitaba cerrar el incidente. La familia necesitaba un cadáver. El mundo necesitaba que el mar siguiera siendo solo mar.
Pero yo escuché la grabación completa antes de que la archivaran.
En el último segundo de audio, justo antes del corte, hay una voz que no pertenece a Martín. Tampoco a mí. Es baja, húmeda, mal formada. Dice una frase con la torpeza de quien acaba de aprender a usar una boca.
“Ahora veo.”
Desde aquella noche no puedo dormir con ventanas abiertas. No soporto los acuarios. No puedo mirar fotografías del océano sin sentir que algo me mira de vuelta desde la parte negra de la imagen. A veces sueño con las esferas transparentes subiendo lentamente desde el fondo, cada una cargando un ojo distinto, todos humanos, todos despiertos. En el sueño hay dos que reconozco siempre. Me miran con tristeza. Con miedo. Con una súplica muda.
Son los ojos de Martín. Y lo peor no es pensar que esa cosa se los llevó. Lo peor es pensar que, de alguna manera, él todavía puede ver a través de ellos.