El Demonio Navega Estas Aguas
Un viejo marinero jura haber visto una ciudad emerger donde el mar no tiene fondo, y un tesoro brillando en sus adentros. Cuando le preguntan por qué no lo tomó, responde: en esas aguas navega el mismo demonio. La tripulación de El Alacrán decidió ir a comprobarlo.
TERROR CÓSMICO
J.P. Palacios
9/4/202622 min read


Relación verdadera de lo que declaró el pirata Damián de Ocampo, llamado el Canario
Único hombre hallado con vida del bergantín filibustero El Alacrán, recogido a la deriva en medio del océano por un navío de la Real Armada de Barlovento; puesta por escrito de su boca por mí, Cristóbal de Aranda, escribano de mar, en el puerto de La Habana, año del Señor de mil setecientos y trece.
Advertencia del que escribe
Quien esto lea sepa que yo no soy hombre de fantasías, sino escribiente de oficio, y que no me toca dar fe de milagros ni de brujerías, sino de lo que los hombres dicen y firman. Mas el capitán don Rodrigo de Peñalosa, a cuyo servicio navego, es aficionado a las historias que se cuentan en los alcázares de popa cuando cae la noche y el viento amaina, y habiendo oído que el pirata que trajimos a puerto decía cosas de mucha maravilla, quiso que las pusiera yo en limpio antes de que lo colgaran, para llevarse el papel de recuerdo de sus años de mar.
Se le aplazó el suplicio dos días con este fin. Y por dos días me senté frente a aquel hombre, que hedía a bodega y a espanto, y escribí lo que decía, quitándole las blasfemias y ordenándole las razones, que él las soltaba revueltas como red mal cobrada. No respondo de que sea verdad. Respondo solo de haberlo oído. Que Dios y su bendita Madre me perdonen si en algo de esto hay tratos con el enemigo malo, pues yo no busqué la historia, la historia vino a mí.
Dijo llamarse Damián de Ocampo, natural de la isla de la Gran Canaria, aunque bien pudiera ser nombre falso, que estos hombres los mudan como camisas.
Era hombre en quien no se acertaba la edad, que el sol y el salitre curten a los de mar de suerte que lo mismo pasan por cuarenta años que por sesenta. Enjuto y correoso, de mediana estatura, con la piel tan quemada y cuarteada que parecía cuero viejo, y del naufragio la traía además ampollada y en pellejos sobre los pómulos y la frente. La barba, entrecana y apelmazada de sal, le comía media cara; el cabello, largo y sucio, recogido atrás con un cordel. Le faltaban dientes, y los que le quedaban los tenía negros.
Por las señas que en el cuerpo llevaba se le conoció el oficio antes de que abriera la boca. Las manos, anchas y encallecidas del cabo y del remo, con las yemas manchadas de una brea que no sale con agua, y a la izquierda un dedo de menos, cortado a la altura del nudillo. En los antebrazos, esas marcas que estos hombres se labran picándose la piel con aguja y pólvora, cruces y letras y una figura que no supe descifrar. Y por el cuerpo, cicatrices de arma blanca y una quemadura vieja de pólvora en el cuello.
Mas lo que más se me quedó no fueron las señas del pirata, sino los ojos. Los tenía claros y fijos, mirando siempre un palmo más allá de donde uno estaba, como quien sigue viendo delante una cosa que ya no está. No parpadeaba cuando debía. Y en los dos días que estuve frente a él no soltó un instante la estatuilla, que la apretaba contra el pecho con los dedos agarrotados, y hubo que darle de comer casi a la fuerza, porque no apartaba de ella las manos.
Los suyos lo nombraban el Canario. Esto es lo que declaró.
Lo que declaró el Canario
Fue en la isla que llaman de Nueva Providencia, en el fondeadero de Nassau, donde los de nuestra ralea vamos a parar como las moscas al vinagre. Allí bajábamos siempre que tomábamos alguna presa, porque el género robado quema en las manos, y hay que venderlo aprisa a los mercaderes y contrabandistas que allí esperan, antes de que la mercancía te delate o se pudra en las cubiertas. Un fardo de seda, un barril de vino de Canarias, un negro cautivo, todo tiene allí su comprador y ninguno pregunta de dónde vino.
Aquella noche estábamos en una taberna de las que hay junto a la playa, bebiendo el ron que compramos con nuestra parte del último reparto. Y ha de saber vuestra merced que entre nosotros el botín se reparte por artículos jurados, la carta partida que llamamos, y a cada uno le toca su parte según lo firmado, y el capitán no se lleva mucho más que el marinero raso. Por eso teníamos plata, y por eso bebíamos.
Pero había algo aquella noche. No sabría decirlo. He dormido sobre pólvora, he abordado navíos con el agua a la cintura y los muertos flotando, y no me tembló la mano. Y aquella noche en la taberna, con el techo firme sobre mi cabeza y el ron caliente en el buche, tenía el pecho encogido como perro que husmea la tormenta antes que el amo. El aire estaba pesado, más de lo que suele en aquellas costas, que ya son de por sí calurosas y podridas. Los hombres reían menos. Las velas de sebo daban una luz enferma. No supe a qué achacarlo, y todavía no lo sé, o sí lo sé y no quiero decirlo.
Fue avanzada la noche cuando mi capitán se llegó a una mesa del rincón. Mi capitán se llamaba Nicolás Ferrand, francés de nación, filibustero viejo, hombre de pocas palabras y de mano rápida, a quien seguíamos porque nos llenaba las bolsas y no nos hacía matar por gusto. En aquella mesa hablaba un viejo. Un marinero seco, quemado por cuarenta años de sol y de salitre, que decía llamarse Melchor. Hablaba bajo, como quien no quiere que le oigan, y por eso mismo todos callaron para oírlo.
Y he aquí la cosa más extraña que vi aquella noche, antes de ver las otras: hombres como éramos nosotros, gente de sangre fría, que habíamos degollado y ahorcado y quemado, escuchando a aquel viejo como escuchan los niños los cuentos de trasgos que les cuentan las madres junto al fuego. Con la boca abierta. Sin pestañear.
Contaba el viejo que, navegando meses atrás muy afuera, donde no hay derrota de mercantes ni razón para ir, había visto emerger del mar una cosa. Juraba por su ánima que jamás la había visto, y que llevaba la vida entera surcando aquellas aguas y todas las demás. Decía que era una edificación. Una fábrica de piedra levantada en mitad del océano, donde no hay isla ni bajo ni cosa alguna, solo agua sin fondo.
La describía y se le trababa la lengua. Decía que era de un material que él no conocía, ni piedra de cantera ni mármol ni granito, sino algo entre la piedra y el vidrio, oscuro, de un color que era negro y verde a un tiempo, como el limo que crece en los cascos de los barcos que llevan mucho sin carenar, o como el bronce cuando se pudre. Que estaba todo cubierto de una baba resbalosa, como recién parido por el mar, escurriendo agua. Que las piedras eran tan grandes que ningún hombre ni cien hombres ni mil las habrían movido, tamañas como iglesias. Y decía una cosa que me quedó clavada: que los ángulos de aquella fábrica estaban mal. Que había esquinas que no eran ni rectas ni abiertas, sino de otra manera que el ojo no podía sostener; que un muro parecía venírsele encima y era que se apartaba, y otro parecía apartarse y era que se venía. Que mirarlo mucho mareaba, como mirar el fondo de un pozo hondo.
Y decía más: que allá adentro, en lo hondo de aquella cosa, había visto brillar algo. No supo decir si eran piedras preciosas o plata u oro. Pero brillaba con brillo de riqueza, y era mucho, tanto que a un hombre le quitaba el juicio de solo pensarlo. Un botín, dijo, como para no volver a robar en la vida.
Aquí se removieron los filibusteros. Unos abrían los ojos y ya saboreaban la plata. Otros se miraban entre sí sin creerlo, tomándolo por cuento de borracho. Otros no movían un músculo, ni de codicia ni de miedo, como si nada de aquello les fuera ni les viniera. Mi capitán Ferrand no dijo nada. Callaba y escuchaba, con los ojos fijos en el viejo, que es como miran los que ya han decidido algo por dentro.
Entonces uno preguntó lo que todos pensábamos, y era: si tanto oro había, viejo, ¿por qué tú y los tuyos no os hicisteis con él? Que un filibustero no deja pasar riqueza así, aunque la guarde el diablo.
El viejo miró a mi capitán, no al que preguntaba, sino a mi capitán, como si le hablara solo a él. Y dijo, seco, que en aquellas aguas navegaba el mismo demonio.
Contó que no vio nada. Que no oyó nada. Que aquello es lo peor, que no hubo cosa que señalar con el dedo. Pero que la marea estaba mala, y las corrientes daban vueltas donde no había razón para que las dieran, arremolinándose en torno a la fábrica como el agua sucia en torno al desagüe. Y que el aire todo estaba podrido, con un hedor de marisma en bajamar, de carne olvidada, de fondo de mar sacado a la luz. Que a él y a los suyos les entró un ansia de huir que no podían gobernar, como quien despierta en la noche sabiendo que hay alguien en el cuarto. Algo estaba sumergido cerca de aquella cosa, dijo. Algo viejo. Algo que no era de este mundo ni de Dios, sino de más abajo. Y remaron de vuelta a su nave sin volver la vista, y dieron gracias al cielo de escapar con la vida, y jamás pensaron en el oro, porque quien ha sentido aquello no piensa en oro.
Se apagaron los ánimos con esto. Cuando ya la gente volvía a su bebida y a sus pendencias, mi capitán Ferrand se acercó al viejo y le preguntó, en voz baja, dónde quedaba exactamente aquel lugar.
El viejo primero se hizo el interesante, que así son los viejos, y le preguntó a mi capitán qué quería ir a hacer allá. Luego se puso esquivo y dijo que esas cosas no se decían de balde, que la noticia costaba, arrimando la mano como quien pide su parte.
Ha de saber vuestra merced que mi capitán llevaba siempre dos cosas encima, y nunca le vi sin ellas: una bolsa de reales de a ocho, buena plata española, y una pistola de chispa. Pues no le dio al viejo ni un solo real. Sacó la pistola, la montó con aquel chasquido que todos conocíamos, y se la puso al viejo bajo la barba, sin alzar la voz, sonriendo casi.
Y el viejo, que un instante antes se hacía de rogar, se puso a hablar como cotorra, temblándole la voz. Le dijo el rumbo por la aguja de marear, tantos cuartos al sueste desde la punta de Nueva Providencia; le dio la altura a que estaba, el grado en que la había tomado con la ballestilla; le dijo cuántas singladuras de buena mar, si el viento ayudaba; y mi capitán se hizo traer una carta de marear vieja y grasienta, y el viejo le señaló con el dedo sucio el punto, allá afuera, donde no había dibujada ni isla ni bajo ni nada, solo el papel vacío del mar sin sondar. Ahí, dijo. Que Dios os acompañe, dijo, y no lo dijo como bendición.
Al otro día mi capitán reunió a la tripulación sobre cubierta y dijo la empresa: iríamos a aquella fábrica en mitad del mar, y nos haríamos con el botín brillante que el viejo había contado.
Hubo división. Que así se hacen las cosas entre nosotros, que no somos como los navíos del rey, donde manda uno y los demás callan. Entre filibusteros todos votamos, y el voto del grumete vale lo que el del capitán, y solo en la caza y en el combate manda él sin que se le replique. Unos no lo creían y decían que era trampa, que aquella historia era cebo puesto para llevarnos a algún bajo donde nos esperaban otros a saquearnos. Otros temían al demonio que el viejo dijo que estaba bajo el agua. Otros lo tenían por pura necedad y no querían perder semanas de buen corso por un cuento. Hasta el contramaestre se opuso, y el contramaestre era hombre de peso, un vizcaíno recio llamado Matías Zubía, a quien la gente escuchaba porque hablaba por nosotros y le paraba los pies al capitán cuando hacía falta.
Se echó a votación, como manda la carta partida. Y ganó el ir. No, digo yo, porque creyeran de veras en el tesoro. Ganó porque la curiosidad es peor que la codicia, y a un hombre encerrado meses en un barco le pica más el saber qué hay allá afuera que el oro mismo.
Yo voté por no ir. Desde la noche de la taberna traía yo aquel peso en el pecho, y las cosas, cuanto más andaban, más turbias se me ponían. Pero perdí la votación, y el que pierde acata, que ésa es la ley.
Comenzaron los aprestos. Se hizo aguada, llenando las pipas de agua en tierra. Se embarcó bizcocho y galleta, carne salada y tocino, ron, y sobre todo pólvora y balas y mecha en cantidad, y cuerda y clavos y estopa para lo que se ofreciera, que en el mar todo se rompe. Se pasó revista a los cañones y a los pedreros, se afilaron los alfanjes. Y con la primera marea buena salimos de Nassau con rumbo al sueste, a lo desconocido.
Navegamos días y días, muchos más de veinte, contando yo las singladuras por las marcas que hacía en un cabo, porque no tenía otra cosa que hacer. Salimos de las aguas por donde andan los mercantes y nos metimos en un mar vacío, donde no cruzamos una sola vela, ni vimos ave, ni pez saltando, ni pasto de sargazo. Solo agua y más agua, y un cielo que se iba poniendo blanco y muerto.
Y llegados adonde el viejo había dicho, por la altura y por el rumbo, no hallamos nada. Mar y mar en redondo. La tripulación se puso de mal talante, y luego airada. Los que habían votado por ir ya no estaban tan seguros de nada. El contramaestre Zubía no dejaba de rezongar, diciendo a quien quisiera oírle que nos habían embaucado como a chiquillos, que aquello era el cuento del viejo pescándonos.
Solo uno estaba cierto de que nos acercábamos, y era yo, y no por señal ninguna del mar. Empezó a crecerme en el pecho una cosa que no sé nombrar: un vacío, y un miedo, y una desesperación, y un ansia, todo junto y apretado, como cuando el confesor te dice que te vas a morir. Yo sabía, sin saber cómo lo sabía, que navegábamos por encima de algo. De algo grande de un modo que no cabe en la cabeza de un hombre, algo enorme como para tragarse el mundo, que estaba abajo, en lo hondo, y que nos miraba subir. Me entró tal pánico que perdí la vergüenza y me puse a gritar que debíamos volver, que aquello no era lugar para cristianos.
Se alborotó la tripulación. Unos me tenían por loco, otros por cobarde, otros me daban la razón, y las cosas empezaron a írsenos de las manos, que en un barco así una chispa prende un motín. Se pidió votar de nuevo si seguíamos o volvíamos.
El capitán Ferrand se cerró en que no. Decía que ya estábamos allí, tras semanas de mar, y que si el tesoro era cierto estábamos dejándolo para otro que sí tuviera hígados. El contramaestre le respondía que no había nada en cien leguas a la redonda, que estábamos en mitad de ninguna parte, y que era más fácil que nos toparan otros filibusteros o los guardacostas del rey o la propia Armada de Barlovento y nos colgaran de una verga, que dar con oro que solo existía en la boca de un borracho. Y en esto, la verdad, el contramaestre hablaba como hombre cuerdo.
Subían las voces. Los pocos que querían seguir y los muchos que queríamos volver ya estábamos boca con boca, y alguno echó mano al cinto. Y en ésas, desde lo alto, desde la cofa donde el vigía se sube con el catalejo a otear el mar redondo, gritó el mozo que allí estaba, un tal Perico, gritó con la voz quebrada que veía algo. Algo por la amura de babor, dos cuartas por la proa, dijo, señalando con todo el brazo.
Corrió el capitán por su catalejo y miró. Y yo le vi la cara mientras miraba, y no era cara de codicia. Allá lejos, en el filo del mar y el cielo, había una figura. Quieta. No se movía como se mueve un barco, no cabeceaba con el mar. No podía ser nave. No podía ser isla, que no la había en cien leguas. No era otra cosa que la maldita fábrica que el viejo dijo que había emergido de la nada.
—La hallamos —gritó el capitán—. Es el lugar. Es la fábrica del viejo.
Y dio la cosa una vuelta entera, del pleito a la fiesta. Muchos de los que reñían, de un bando y de otro, se echaron a gritar y a reír, ya paladeando las piedras preciosas, abrazándose los que un momento antes iban a matarse. Pero muchos otros callaron. Yo callé. El contramaestre Zubía calló. Y otros más callaron. Porque en el fondo del alma sabíamos una cosa: que aquel lugar no tenía razón de estar allí. Y que, estando, no podía estar vacío.
Nos fuimos acercando. Y cuanto más cerca, peor. Era como la había pintado el viejo, y peor, porque una cosa es oírla y otra tenerla delante. Se alzaba del agua sin muelle ni playa ni fundamento, escurriendo, como recién nacida del mar o recién vomitada por él. La piedra era de aquel color negro y verde, grasienta, y estaba toda babeada de un limo que colgaba en hebras. Los bloques eran tamaños de casas y de torres. Y los ángulos, virgen santa, los ángulos. No había uno derecho. Todo estaba torcido de una manera que no era torcedura, sino otra cosa. Uno miraba una esquina y el ojo no la podía asir, se le escurría, y le entraban a uno ganas de vomitar de solo insistir en mirarla. Aquello no lo había levantado mano de hombre. Ni de gigante. Aquello no lo había levantado nada que rezara a Dios.
No tenía sentido. En mitad del océano, sin cimiento posible, sin cantera de donde sacar piedra, sin hombres que la labraran. Y sin embargo allí estaba, y el viejo no había mentido en su existir. Ni había mentido en lo otro: allá adentro, algo brillaba.
El contramaestre porfiaba en que largáramos velas y nos fuéramos mientras podíamos. Pero el capitán ya no oía a nadie. Mandó arriar un bote y me echó a mí dentro, con otros tres, a reconocer el lugar. Si había tesoro, dijo, sería nuestro, y de los cuatro la primera parte.
Éramos yo, y un inglés grande a quien decían Tom Cudgel, y un francés flaco, y un mulato de la Martinica cuyo nombre no retengo. Empezamos a bogar hacia la fábrica. Fue duro, que el mar se resistía como si no quisiera dejarnos llegar, o como si nos empujara adonde no queríamos. Y cuanto más cerca, más me crecía el miedo en el pecho, hasta ahogarme. Yo sentía, y lo juro por mi condenación, que cuanto más me arrimaba a aquella piedra, más me arrimaba al mismísimo infierno, no en modo de decir, sino de veras, como quien baja peldaños.
Llegamos. Y al llegar vimos que lo que asomaba del agua era apenas la punta de la cosa. Que aquello era una ciudad entera, y bajo el mar seguía y seguía, y solo veíamos la coronilla, como del ahogado solo se ve la cabeza antes de que se lo trague el agua.
Abordamos aquellas formas extrañas, resbalando en el limo, agarrándonos a aquel material antiguo y desconocido, frío y grasiento al tacto como piel de pescado muerto. Y a lo lejos, adentro, entre los muros torcidos, se veía en efecto el brillo.
Íbamos hacia él cuando empezó a caer sobre la zona una niebla espesa, de golpe, sin viento que la trajera, blanca y sorda. Y el mar en torno se puso a hacer cosas raras. Las corrientes empezaron a girar alrededor de la fábrica, remolinándose despacio, como el viejo había dicho, como agua que se va por un sumidero, y nuestro bote temblaba amarrado.
Entonces uno de los cuatro, el francés flaco, vio entre la niebla una silueta enorme que se hundía despacio en el agua, allá abajo, una sombra grande como la sombra de un cerro pasando bajo la superficie. Y no lo pensó, soltó un grito y echó a correr de vuelta al bote, sin mirar atrás. Los otros dos hicieron lo propio. Solo yo me quedé quieto, no por valiente, sino porque el miedo me había clavado los pies, y porque vi lo que ellos no vieron: que aquella cosa colosal no huía. Que iba hacia el barco.
Empecé yo entonces a hacer señas y a gritar y a manotear, para que desde el bergantín me vieran y avisaran. Pero la niebla era una pared, y desde El Alacrán mal podían verme, y menos oírme.
Y cuando vi que los otros tres ya bogaban de vuelta a la nave, caí en la cuenta de que me estaban dejando allí. Que me abandonaban en aquella piedra maldita para salvar sus pellejos. Me puse a gritar que volvieran, que no me dejaran, hasta desgañitarme. Pero me ignoraron y bogaron más recio.
Y entonces, de golpe, de la nada, algo emergió del fondo y tomó el bote. No sé si fue una mano grande. No sé si fue un brazo de pulpo. No sé si fue el Leviatán del que hablan las Escrituras, o el kraken del que hablan los marineros del norte. La niebla no me dejó ver con claridad. Lo que sí vi, y quisiera no haberlo visto, fue una cosa colosal deshaciendo a mis tres compañeros como quien despanzurra ranas, y el bote reventado en astillas, y el agua roja un instante y luego solo agua.
Desde el bergantín empezaron a dar la alarma. Tocaron la campana a rebato, repicando como en día de tormenta o de fuego, y dispararon un pedrero al aire, la señal de que algo iba muy mal. Yo, en la piedra, oía la campana loca a través de la niebla, y era el sonido más humano y más triste que oí en mi vida, porque sabía lo que se les venía encima. Todo fue confusión y espanto. Y entonces, de lo hondo del mar, junto al bergantín, emergió aquello.
No lo sé decir, y el señor escribano me perdone, porque no hay palabras que Dios haya dado a los hombres para nombrar aquello, que no fue hecho para ser nombrado. Era como una montaña que se levantaba del agua y andaba. Tenía figura de hombre y no la tenía. Del cuello para arriba no tenía cara, sino una masa de tentáculos y de barbas que se retorcían, como si un pulpo grande le hubiera nacido por cabeza. El cuerpo era abultado, blanducho y a la vez escamoso, de un verde que resplandecía húmedo, y de él colgaban garras, y a la espalda llevaba plegadas unas alas grandes como velas, alas de murciélago o de dragón. Se alzó, y se alzó, y no acababa de alzarse, y tapó el cielo blanco, y de él venía aquel hedor de fondo de mar y de podredumbre que el viejo dijo, tan espeso que se mascaba.
Y entonces fue la locura y la muerte. Los míos lucharon. Eso he de decirlo, y lo digo con orgullo, aunque fuera todo en vano: lucharon como filibusteros, que es como lucha el que no espera cuartel. Vi los fogonazos de los cañones abriéndose paso en la niebla, y oí el estruendo de las andanadas una tras otra, y el crujir de los pedreros, y el chasquido seco de cien pistolas y trabucos, y a los hombres gritando el nombre de Dios y el de sus madres y maldiciones que no repito. Le tiraron a aquella cosa todo el hierro y toda la pólvora que llevábamos. Y a la bestia le hacía tanto como al monte le hace la piedra que le arroja un chiquillo.
No duró. No podía durar. Vi cómo un bergantín entero, con sus palos y sus velas y sus cuarenta hombres, era deshecho como se deshace un juguete de niño en manos de un bruto. La cosa se dobló sobre él, y lo abrazó, y lo hundió, y el mar se lo tragó con todos, con el capitán Ferrand y con el contramaestre Zubía y con Perico el de la cofa y con todos. El agua hirvió. Y luego, poco a poco, fue callando todo. Los cañones, callaron. Los gritos, callaron. La campana, calló. Y quedó un silencio como el de las sepulturas, un silencio que pesaba más que todo el ruido junto.
Y entonces noté que al fin solo quedaba una silueta delante de mí, en la niebla. No la veía clara, pero sabía que me veía a mí. Y en cuanto la vi moverse, corrí. Corrí hacia dentro de la fábrica, entré por un vano a lo que parecía un salón, y me escondí.
Quien habitó aquel lugar era mucho mayor que un hombre, eso se veía en el tamaño de todo, que estaba hecho a otra medida. Poco vi con claridad, y menos entendí. Recuerdo figuras talladas en los muros, de un material que jamás vi en mi vida ni sabría con qué compararlo, y las figuras contaban cosas, aunque yo no supe leerlas, cosas de antes de que hubiera hombres. Recuerdo piezas que parecían de gran precio, que brillaban, y no era oro ni era plata, sino acaso minerales tan raros y tan antiguos que ningún joyero de la cristiandad les pondría nombre. Y recuerdo una piedra oscura, negra y verde, la misma de toda la fábrica.
Y con todo aquel tesoro delante, lo único que tomé, no sé por qué, no lo tomé yo, algo me hizo tomarlo, fue la estatuilla. Cabía en la mano. Figuraba un ser como el kraken, con la cabeza de pulpo y las garras y las alas plegadas a la espalda, agachado, encogido como quien duerme o quien espera, y estaba posado sobre un pedazo de aquel mineral desconocido. Estaba labrada en la piedra negra y verde, y al tacto era fría de un frío que no es de este mundo, y vieja, vieja de un modo que daba vértigo tenerla.
Algo me llamaba desde afuera. No con voz. Salí de mi escondite, y allí seguía la bestia, quieta, mirándome, esperándome. Y comprendí, o creí comprender, que ése había sido su plan desde el principio: no matarme con los otros, sino esperar. Esperar a que alguno llegara hasta el corazón de la fábrica, y tomara la estatuilla, y saliera, y la mirara a ella cara a cara.
Y la bestia me habló. No como hablamos los hombres, con esta lengua torpe y blasfema que Dios nos dio para nombrar las cosas pequeñas. Me habló de otra manera, por dentro, honda, sin ruido. Y en aquel instante me mostró el todo y la nada. Me enseñó lo que ella es, y lo que fue antes de que hubiera mar y tierra, y lo que será cuando ya no los haya. Vi que nosotros no somos nada, que no fuimos hechos para nada, que ella y los suyos dormían abajo desde antes del primer día y despertarán después del último, y que el mundo entero de los hombres, con sus reyes y sus reinos y su Dios, es apenas un sueño breve entre dos de sus sueños. Y no me volví loco de milagro, o acaso sí me volví, y lo que hablo ahora es habla de loco, y vuestra merced lo tomará como quiera.
Luego la bestia comenzó a hundirse, despacio. Y solo entonces vi su tamaño entero, o creí verlo, porque se iba y se iba y no acababa de irse: cien varas de alto, o doscientas, ¿quién puede medir un monte que anda? ¿Era aquél su tamaño verdadero, o apenas la parte que dejaba ver? Jamás lo sabré. Se hundió, y el mar se cerró sobre ella sin apenas una ola, mansamente, como se cierra sobre una piedra que se deja caer.
No recuerdo más. Desperté a la deriva, en un bote. Y aquí está lo que no tiene explicación, y por esto sobre todo me tienen por loco: era el mismo bote que yo vi hacer astillas, el de mis tres compañeros muertos, entero otra vez, sin una hendidura. Iba yo solo en él, sin remos, sin agua, sin más compañía que la estatuilla, que la llevaba apretada contra el pecho como quien abraza la propia vida.
Fin de lo que declaró, y de lo demás que se sabe
Hasta aquí lo que el pirata Damián de Ocampo, el Canario, declaró de su boca, y yo puse en limpio quitándole lo torpe y dejándole lo que dijo.
Fue recogido a la deriva por el navío de la Armada de Barlovento en que sirvo, muy afuera de toda derrota conocida, sin remos ni provisión, medio muerto de sed y de sol, con una estatuilla de piedra negra y verde entre los brazos, que ninguno de nosotros supo de qué mano fuera labrada ni qué cosa figurase, sino que era fea y daba desazón mirarla. Se le tuvo por náufrago hasta que se le conoció el oficio por los modos y por las señas que en el cuerpo llevaba, y se le tuvo entonces por lo que era: pirata. Preguntado qué le había pasado, al principio solo decía incoherencias, y luego, cuando cobró algo de juicio, contó esto que aquí queda escrito, que a cualquier hombre de razón le parece necedad y disparate de la mucha sed padecida.
Como pirata fue traído a La Habana y sentenciado a morir en la horca, que es la ley y es justo. Solo que mi capitán, don Rodrigo de Peñalosa, aficionado como dije a las historias del mar, mandó que se aplazara el suplicio dos días para que yo la escribiera, y así se hizo, y ésta es.
La mañana en que había de ser ejecutado, el pirata no estaba. Se buscó por todo, y no se halló. No se rompió cerradura ni se forzó reja ni faltó centinela, y sin embargo el hombre no estaba, como si el mar que lo había escupido hubiera vuelto por él. Y en el almacén donde se guardaba, entre las demás piezas del decomiso, la estatuilla de piedra negra y verde tampoco estaba.
Todo en este caso fue extraño desde el principio, y así lo asiento, sin quitar ni poner. Mas así es el mar, que se traga a los hombres y a veces los devuelve peor de como se los llevó, y no da razón a nadie.
Añado una última cosa, y con ella acabo, porque el capitán quiso que quedara escrita. Dícese que de un tiempo a esta parte se conocen por estas aguas unos piratas de nueva ralea, que abordan los navíos y no roban el género. Dejan la carga entera pudriéndose en los pecios y se llevan a la gente, y sobre todo a las mujeres. No quieren plata. Quieren almas. Y se dice, aunque yo no lo he visto y no doy fe, que son una suerte de lunáticos que rinden culto a un demonio del mar, y que esperan un día en que ese demonio ha de despertar y salir del agua.
Pero ésa es otra historia, que tal vez se cuente en otra redacción.
Cristóbal de Aranda, escribano de mar. La Habana, año de 1713.
Nota de autor.
Esta historia resulta muy especial para mí. Combina diversos tópicos que me apasionan: piratas, horror cósmico y el miedo al océano. Dicho esto, también quiero que se entienda como un respetuoso homenaje a uno de los autores de culto que me cambió la vida: el maestro H.P. Lovecraft.
Claro está que esta ciudad en mitad del océano hace referencia a R'lyeh, de su famosa obra La llamada de Cthulhu, de 1928. En este momento en que lo escribo, no deja de sorprenderme e impactarme cómo logró desarrollar este tipo de horror, y cómo estaba tan adelantado a su época.
Deseo de todo corazón que este pequeño tributo sea de tu agrado, y que hayas disfrutado tanto leyéndolo como yo disfruté desarrollándolo.
Gracias por formar parte de esta comunidad.